En un momento donde muchas bodegas hablan de sostenibilidad, hay proyectos que van un paso más allá y entienden el vino como parte de algo mucho más grande. Loalto es uno de ellos.
Ubicada en Venta del Moro, en el interior mediterráneo valenciano, esta finca histórica fundada en 1794 no se concibe únicamente como un conjunto de viñas, sino como un ecosistema vivo donde el bosque, los almendros, el suelo y la biodiversidad forman parte del mismo equilibrio.
Y quizás ahí esté la clave de sus vinos.
Un paisaje que define el vino
La finca se sitúa a 750 metros de altitud, rodeada de suaves colinas, pinares y carrascas. De las 150 hectáreas totales, solo 60 están dedicadas al viñedo. El resto convive entre masa forestal y cultivo de almendros, creando un entorno natural que condiciona completamente la personalidad de cada parcela.
Las diferentes orientaciones, pendientes y microclimas generan una diversidad enorme dentro del propio paraje. En Loalto no buscan homogeneizar esa diferencia, sino conservarla.
“La parcela será diferente, única, y esa diferenciación es lo que queremos encerrar en una botella de vino”.
Suelos vivos, vinos con identidad
Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es su forma de entender el suelo.
En lugar de utilizar productos químicos de síntesis, trabajan con cultivo ecológico, abonado orgánico y preparados biodinámicos para mantener activa la vida microbiológica del terreno. La idea es sencilla pero poderosa: un suelo vivo transmite mejor el carácter del lugar.
Los suelos arcillosos y calcáreos de la zona, ricos en illita y caolinita, junto con la influencia mediterránea y las fuertes diferencias térmicas entre el día y la noche, ayudan a crear vinos con estructura, frescura y capacidad de guarda.
La mínima intervención como filosofía
En bodega, la filosofía continúa.
Las elaboraciones buscan intervenir lo mínimo posible para que el vino exprese únicamente las características del paraje y la añada. No se trata de maquillar el vino, sino de acompañarlo.
En un mercado donde muchas veces se persigue la uniformidad, proyectos como Loalto recuerdan que el vino también puede ser paisaje, identidad y memoria.
Y probablemente por eso sus vinos tienen algo difícil de explicar, pero muy fácil de sentir.


